El día 20 de abril de 2010 pasadas las 11 de la noche murió mi abuelo. Tuvo la fuerza suficiente para esperar a que su hijo mayor, mi padre, llegase de viaje y poder oír su voz por última vez.
Fue un gran hombre; trabajador como el que más, generoso, divertido y siempre dispuesto a echar una mano a cualquiera que lo pudiese necesitar. Un marido, un padre, un abuelo y un amigo excepcional, algo labrado cuidadosamente durante toda una vida que ha hecho que en su “viaje”, no perdiera ni un momento el cariño y el apoyo de todos aquellos que habían tenido la valiosa oportunidad de vivir momentos a su lado.
Mi abuelo se sentía muy orgulloso de su familia de la que hablaba constantemente. Y no es para menos. La Yaya y él tuvieron cuatro varones, Chano, Alberto, Carlos y Jorge. Cada cual más trabajador, con vidas repletas de éxitos profesionales y, sobre todo, personales. Se hacen querer.
Puede que ya no estés aquí, Yayo, o al menos no de la misma manera, pero desde luego, hay muchas cosas que quedan en nuestros corazones y en nuestros recuerdos para siempre. Nos has hecho reír hasta llorar, nos has hecho cantar y disfrutar de increíbles momentos en familia que nunca olvidaremos, como el “Sulei din din money”, la foto de familia con los lazos de los regalos de Navidad en la cabeza o ese mazapán con forma de dragón que tanto juego nos ha dado en las cenas de Nochebuena… Pero sobre todo, abuelo, la persona extraordinaria que has sido hasta el final.
Te echaremos mucho de menos.
